Recientemente hemos celebrado el Día Mundial de los Refugiados y junto con algunas hermanas de la Comunidad del Generalato hemos participado a la celebración promovida por la comunidad de San Egidio en la Basílica de Santa María en Trastevere que tuvo lugar el 23 de junio.

El tema de la celebración – Morir de Esperanza – me impactó mucho y me pregunté: ¿Cómo es posible morir de esperanza? Hoy en día hay mucha gente que destruye su vida porque ha perdido completamente la esperanza. Hay jóvenes, adolescentes, personas de todas las edades que se suicidan por diferentes motivos. Muchos por los efectos devastadores de la depresión y otras enfermedades psíquicas, otros por la pérdida de sentido y perspectivas en la vida… Pero en todos estos casos, hay una falta de esperanza.

En el caso de los refugiados, aquellos que se ven obligados a abandonar sus países a causa de la guerra, la persecución política, ideológica, religiosa, el hambre, o simplemente la búsqueda de una vida digna en otra parte del mundo… ¡Esta esperanza no debe matar! Al contrario, esta esperanza es tan poderosa que mueve a miles de personas a enfrentarse a todo tipo de peligros y a arriesgar sus vidas para construir un futuro mejor.

Entonces, ¿por qué esta esperanza destruye la vida de miles de personas que intentan entrar en Europa cada año?

En la entrada de la Basílica de Santa María había una exposición de fotos que mostraba las situaciones a las que se enfrentan los migrantes y refugiados: trayectos en embarcaciones clandestinas abarrotadas y sin ninguna condición de seguridad, largas caminatas a pie o en medios de transporte precarios… Rostros marcados por el sufrimiento… Madres con hijos, jóvenes, hombres, personas de todo tipo… Gente corriente, como tú y como yo. Gente que un día tiene que huir desesperadamente para proteger a su familia.

Durante la celebración ecuménica, con representantes de varias iglesias cristianas, se hizo memoria de los que perdieron la vida intentando llegar a Europa. Durante el periodo comprendido entre enero de 2021 y hoy, menos de un año y medio, 3200 personas (datos conocidos) han muerto en el Mediterráneo o por tierra en su camino hacia Europa.

Se mencionaron algunos nombres concretos de personas que han perdido la vida y en qué situaciones. Sólo en el último año, 903 refugiados procedentes de Libia se han ahogado en las aguas de Libia, Malta o en las costas italianas. Aquí, en la Casa Generalicia, acogimos a una familia que había venido de Libia quienes también participaron activamente en la celebración. En el camino de regreso a casa nos contaron con tristeza que conocían a algunas de estas personas, incluida una familia entera que han perdido la vida en el mediterráneo.

También se recordó a los 323 niños muertos en Ucrania desde el comienzo de la guerra, el 24 de febrero. Cerca del altar, una cruz azul y amarilla testimoniaba en silencio el drama vivido por el pueblo ucraniano.

La lista parecía interminable… ¿Cómo es posible contener tanto sufrimiento en nuestro mundo, creado para el amor y vivir en fraternidad? Es difícil pensar que todas estas muertes podrían evitarse si no hubiera quienes se aprovechan del sufrimiento humano para engañar, estafar y enriquecerse… Todo esto podría evitarse si no se fomentara la industria bélica, si de hecho todos nos consideráramos hermanos, ciudadanos del mismo planeta y portadores de los mismos derechos.

Pero es fácil señalar a los demás como responsables de tantas desgracias. El problema comienza dentro del corazón humano que alberga prejuicios, violencia, rivalidades y egoísmos de todo tipo. Así que me pregunto, ¿hasta qué punto permito que mi corazón sea transformado por el amor misericordioso y compasivo de Dios que nos llama a incluir a todas las personas en nuestro amor? ¿Cómo acojo mi vulnerabilidad y experimento en situaciones concretas este amor inclusivo y compasivo?

Sé que no puedo cambiar esta realidad y deseo que todas las personas puedan vivir en la esperanza, una esperanza alcanzable y transformadora, capaz de conducir a grandes desafíos, como nuestros hermanos y hermanas refugiados, pero que traiga mejoras a toda la humanidad…

Aun así, creo que todos estamos interconectados y que de alguna manera participamos en el dolor de la humanidad, pero también en su grandeza. Cualquier gesto de conversión, de cambio de mentalidad dentro de cada uno de nosotros, puede ser un pequeño paso, pero es una contribución a la humanidad entera.

Concluyo expresando mi más profundo deseo: que todos los migrantes, los refugiados y todos los seres humanos puedan vivir llenos de esperanza.

Hna. Ana Elidia Neves, SSpS