Era un hermoso domingo soleado, la Plaza San Pedro del Vaticano estaba llena de gente de los cinco continentes. «Un corazón, muchos rostros» era el lema impreso en camisetas, sombreros, bufandas… Y hacía juego con la variedad de rasgos físicos y el colorido de los trajes. El ambiente era de alegría, expectación y cierta preocupación, pues el Papa Juan Pablo II estaba ya agotado por la edad y la enfermedad, y sólo en el último momento todos se sintieron aliviados cuando apareció para celebrar la misa de canonización de los tres Santos Misioneros: Arnoldo Janssen, José Freinademetz y Daniel Comboni.

El Papa Juan Pablo II durante la celebración de la canonización y Hna. Bernardete Dere en la Plaza de San Pedro (última a la derecha)

Entre las delegaciones de los distintos países en los que está presente la familia Arnoldina, estaba la Hna. Bernardete Dere, una joven misionera SSpS de Ghana, vestida con un colorido traje africano y con una sonrisa en el rostro imposible de ocultar. Era el 5 de octubre de 2003. 

Exactamente 18 años después, la Hna. Bernardete está en Roma, trabajando en el Generalato de las Hermanas Misioneras Siervas del Espíritu Santo como Secretaria de Inglés. Este año celebra 25 años de vida consagrada y recuerda con gran emoción la experiencia que vivió durante la canonización de San Arnoldo y San José Freinademetz.

«Para mí sigue siendo una experiencia muy viva estar en la Plaza San Pedro, observar y participar activamente en todo lo que estaba sucediendo. En ese momento, al ver a tanta gente de todo el mundo cantando, los Misioneros del Verbo Divino, nosotras las Misioneras Siervas del Espíritu Santo, las Hermanas de la Adoración Perpetua… Sentí muy fuertemente el espíritu de alegría, de familia y de unidad. Las palabras de San José Freinademetz me parecieron tan vivas « el amor es el único lenguaje que la gente entiende”.

También me conmovieron mucho las manifestaciones de las diferentes culturas. Se cantaron canciones, se hicieron bailes y, antes de la proclamación del Evangelio, formé parte del grupo africano que hizo la veneración del Evangelio mediante gestos y bailes. 

También hice la oración por los enfermos y los ancianos durante la vigilia. Ya no recuerdo exactamente lo que dije, pero muchas personas vinieron a decirme que había sido una poderosa oración de curación. Y una vez más pensé en San Arnoldo, que todas las noches, antes de acostarse, iba a la capilla y se postraba ante el altar del Santísimo Sacramento e intercedía por las personas. 

Así que, para mí, especialmente en este año en el que celebro mis 25 años de consagración en la vida religiosa misionera, el lema de San Arnoldo – «Viva Dios Uno y Trino en nuestros corazones y en los corazones de todas las personas» es un legado que me invita a continuar su misión. Es una llamada a amar a Dios y a amar a la humanidad. No hay nada más hermoso que llevar a la gente a Dios, que pedirle a Dios que esté en nuestros corazones, que viva en nosotros y en los demás. 

La palabra clave para mí es gratitud. En mi vida no ha sido todo color rosa. He tenido muchos momentos de alegría, pero también momentos de lucha, de dudas… Hacer la voluntad de Dios no es fácil… Pero a la luz de lo que se dijo durante la celebración de la canonización, miro a nuestros santos y sigo adelante. San Arnoldo dijo que: “No hay nada que no se pueda hacer si confiamos en Dios y hacemos lo que podemos, porque Dios no nos abandonará”. 

Dios siempre nos da la gracia de seguir adelante, incluso en los momentos de dificultad. Estando con Dios, las dificultades no importan. Lo que realmente importa es Dios, su amor, su presencia constante. Saber que Dios me ama es exactamente lo que se necesita para seguir adelante día a día. 

Por eso la acción de gracias es tan importante en nuestra vida. Una frase de San Arnoldo dice que debemos hacer de nuestro corazón el altar del sacrificio de la acción de gracias constante. He tenido tantas experiencias de alegría a lo largo de mi vida que nunca puedo decir que Dios no me ama. Al contrario, me pregunto quién soy yo para que Dios me ame tanto. De hecho, ser miembro de la familia Arnoldina como Misionera Sierva  del Espíritu Santo, es realmente un privilegio».