… y vio que la piedra había sido rodada, lejos de la tumba…

Vivimos en un tiempo, donde siempre estamos de prisa y nerviosos, porque la vida va muy rápido y no nos permite estar al día con lo que debemos o nos gustaría realizar. De alguna manera, a menudo, nos centramos en nosotros mismos y en nuestro bienestar, comodidad, salud y sólo en lo que necesito primero y tal vez en mi familia. No sabemos, y tal vez no queremos mirar un poco más allá del horizonte de nuestro egoísmo y necesidades. Y no creo que sea solo, porque hemos estado plagados de una pandemia desde hace algún tiempo. Tenemos que mantener la distancia y el espacio y es cierto que la situación que experimentamos afecta nuestros pensamientos, comportamientos y acciones. Es triste ver gente que viaja a su lugar de trabajo sin interés y sin darse cuenta de lo que está sucediendo a su alrededor; sin sonreír a quien se une a ellos en el autobús o en el tren.

Me parece que, en nuestra sociedad, nuestras familias y comunidades, hay una especie de indiferencia hacia lo que esta sucediendo a nuestro alrededor, hacia las personas que conocemos y por desdicha, hacia nuestros seres queridos y con los que vivimos. Tal vez querríamos preguntarnos; ¿Porqué es así? ¿Porqué ya no miramos y vemos con los ojos del corazón? ¿Porqué no vemos al mundo, las situaciones y las personas a través de los ojos de Dios?

Tal vez, una de las muchas respuestas, nos daría el evangelio de San Juan, que escuchamos el Domingo de Resurrección. En el vigésimo capítulo, el evangelista nos cuenta la historia de María Magdalena, que llegó a la tumba en la oscuridad. La oscuridad no solo estaba a su alrededor, sino también en su corazón, porque estaba llena de tristeza. De repente, advirtió que la piedra estaba separada de la tumba. Al principio pensó que el cuerpo de Cristo probablemente había sido robado o llevada, e inmediatamente corrió a compartir con los apóstoles lo que acababa de atestiguar.

Pienso que la reacción de María es la respuesta clave a mi pregunta. Nosotros también a menudo estamos cegados por nuestros propios problemas, preocupaciones, por lo que no vemos la luz y la solución o el camino para salir de nuestras situaciones. Oscuridad, tristeza, inseguridad, soledad, autocompasión, amargura, ira, resentimientos, odio, deseo de venganza, indiferencia, desconfianza, depresión, fatiga, así como la incapacidad de amar y perdonar; todos estos nos paralizan e inhiben la visión de la acción de Dios en la piedra que fue removida lejos de la tumba.

El autor del Evangelio, hablando de una piedra que rueda, utilizó un verbo que significa “remover/eliminar/quitar”. EL mismo verbo se utiliza al comienzo del Evangelio, en San Juan 1:29, donde Juan el bautista se refiere a Jesús como “el Cordero que elimina/que quita los pecados del mundo”.  Tal vez el Evangelista quiso recordarnos el hecho de que esta piedra “retirada” de la tumba, es un símbolo, un desafío y una esperanza. Es, de hecho, Cristo mismo, quien quiere iluminar nuestros corazones con su Resurrección y quiere ayudarnos a rodar lejos, todas nuestras piedras, preocupaciones, problemas.

Que Cristo resucitado abra los ojos de nuestros corazones para que podamos ver, incluso en las tinieblas, en las dificultades o en los sufrimientos, en cada situación de la vida, que Dios obra a través de todo y en todo. ¡Y que Él nos dé la fuerza para compartir su luz, alegría y paz siempre y con todos!

Feliz y bendecido tiempo Pascual

Hna. Katarina Pavelova SSpS