Este día marcan dos acontecimientos: uno de la Iglesia Universal y otro de la Congregación. En el año 1854 el Papa Pío IX definió formalmente el dogma de la Inmaculada Concepción – nueve meses antes de la natividad de María el 8 de septiembre. Por esta razón esta fiesta la celebramos en Adviento, cuando en realidad, nos estamos preparando para la natividad del Señor. Es una gracia única y un privilegio concedido a la Virgen María por Dios Todopoderoso, en vista de los méritos de Jesucristo. Se hace eco de la noción bíblica del don gratuito: “Seré misericordioso con quiera serlo y me compadeceré de quien quiera compadecerme” (Ex. 3, 14, Rm 9, 15). La segunda lectura de Efesios (Ef.1) capta estos sentimientos de manera acertada: Dios realiza todas las cosas según las intenciones de su voluntad.

El segundo acontecimiento, el de la Congregación: en la víspera de la Inmaculada Concepción, un sábado 7 de diciembre de 1889, justo cuando se acercaba el atardecer, las servidoras de la casa, ahora seis, entre las que se encontraban Helena Stollenwerk y Hendrina Stenmanns, quienes se dirigieron al altar como beatas, se abrieron paso en una sencilla procesión, dirigida por el P. Arnoldo, y lo siguieron de dos en dos hasta el convento capuchino vacante, justo al otro lado de la calle, pasando la casa de la misión en Steyl. Entraron en la capilla y cantaron el Te Deum. El día siguiente, el 8 de diciembre, marcó el comienzo y el establecimiento regular de la Congregación de las Hermanas Misioneras Siervas del Espíritu Santo, o simplemente llamadas Hermanas del Espíritu Santo. El P. Arnoldo colocó la naciente Congregación bajo la protección maternal de la Inmaculada.

Han pasado ya ciento treinta y un años desde que esto sucedió. Ser bendecida, guiada, acompañada por Dios y dar frutos durante estos 131 años, es una experiencia extraordinaria. La pequeña semilla brotó y creció, produjo nuevos brotes, extendió sus ramas a lo largo y ancho de todo el mundo.

Hoy demos gracias a Dios por las innumerables bendiciones que hemos recibido como Congregación, por su crecimiento y desarrollo. En nuestras Constituciones se menciona este día como la principal fiesta patronal pidiendo que imitemos la fe fuerte, la esperanza firme y el amor ardiente de María. Demos gracias a Dios por las cualidades fundacionales de nuestra Congregación y por las santas mujeres que nos precedieron sirviendo al Señor con alegría y generosidad. Agradezcamos a Dios por el buen servicio y el testimonio que hemos podido llevar a cabo hasta ahora, por utilizarnos como instrumentos de evangelización de Dios a través de obras de caridad, misericordia, paz, justicia y empoderamiento durante más de un siglo. Hoy, mientras la Congregación se encuentra en la encrucijada con el resto de la humanidad, y los pensamientos del capítulo general se ciernen sobre ella, nos preguntamos cómo María ¿Cómo puede ser esto? Y como María, en la fe respondemos soy la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra. Recurramos a la Inmaculada para que nos guíe, nos ayude, nos oriente y nos ilumine. Que el fundador y las cofundadoras de nuestra congregación intercedan por nosotras.

Que Dios Uno y Trino viva en nuestros corazones y en los corazones de todas las personas!

Hna. Mary John SSpS – Roma