16 de enero

 

Esta es la homilía del P. Xavier Thirukudumbam con motivo del Día de la Familia Arnoldina, celebrado el 16 de enero durante el 15º Capítulo General.

 

Queridas hermanas y hermanos,

Creo que la larga espera para realizar este 15º Capítulo General ha contribuido positivamente a consolidar el proceso de su preparación. Me ha impresionado la profunda y provocadora pregunta que han planteado durante ese proceso: «¿qué don quiere ofrecer el espíritu al mundo a través de nosotras?» Esta pregunta no sólo es relevante para ustedes, hermanas, sino para cada miembro de la familia Arnoldina. Me gustaría invitarlas a reflexionar conmigo sobre la pregunta crucial que ha guiado su preparación, aunque puede que hayan llegado a respuestas mejores a esta pregunta. Mis reflexiones se basan en las lecturas litúrgicas del día. Me gustaría reflexionar sobre la pregunta anterior con la ayuda de otras tres preguntas:

  1. ¿Cuál es el espíritu de un Capítulo?
  2. ¿Con qué dones del espíritu hemos sido bendecidas? y,
  3. ¿Quiénes son los beneficiarios de estos dones?

En la primera lectura escuchamos a Isaías expresando el estado de ánimo de Dios en relación con su pueblo. El estado de ánimo es de alegría y deleite. Dios se alegra de su pueblo por lo que ha llegado a ser. El Capítulo General es un momento de celebración y regocijo con Dios, y entre ustedes, por lo que Dios ha hecho en la congregación, y a través de la congregación al mundo. Mientras nos alegramos con el Señor, el Señor mismo se alegra y se regocija en ustedes por las maravillas que han hecho a través de sus intervenciones misioneras.  No cabe duda que han marcado la diferencia en el mundo con su presencia transformadora. Rezo para que este estado de ánimo alegre impregne todas sus responsabilidades capitulares.

En la segunda lectura, san Pablo nos dice con qué dones del Espíritu hemos sido bendecidos, lo que Él quiere ofrecer al mundo. Somos bendecidos con una variedad de dones.  Somos bendecidos con ricos recursos personales. Hay personas muy hábiles y cualificadas entre nosotros. Hay personas en nuestras congregaciones con experiencia en diversos campos de especialización. Tenemos una sólida tradición y una profunda espiritualidad. Tenemos increíbles comunidades interculturales y un impresionante historial de logros misioneros. Nuestros éxitos en la promoción de los derechos humanos, la igualdad, la justicia, la paz y la integridad de la creación son notables. Las lecciones que hemos aprendido y los retos a los que nos hemos enfrentado nos han fortalecido, formado y transformado.

Con esta loable historia detrás de ustedes, muchas congregaciones pueden envidiarles, muchos obispos querrían invitarles a trabajar en sus diócesis, muchas ONGs querrían ser sus socios en la misión y, por supuesto, a los SVDs nos encantaría ampliar nuestra colaboración con ustedes. ¿Pero qué quiere el Espíritu?

Eso nos lleva a la tercera pregunta: ¿quiénes son los beneficiarios de estos dones? ¿Para el bien común de quiénes deben ser dispensados estos dones? El Evangelio de hoy nos ofrece, para tratar estas cuestiones, excelentes reflexiones.

En primer lugar, según San Juan, Jesús realiza su primer milagro de transformar el agua en vino, en una oscura y pequeña villa de Caná.  No se trata de una obra de gran envergadura. Para los demás escritores de los evangelios, éste no es el primer milagro de Jesús. Su segundo milagro de curación del hijo de un funcionario real de Cafarnaúm (4:46-54) también se realiza allí.

En segundo lugar, el milagro se realiza a instancias de María, la madre de Jesús. Ella es la primera que percibe el problema en el banquete de bodas. Con la máxima sensibilidad de una mujer, y la firmeza de una madre, maneja la situación con decisión. La situación es muy delicada y la necesidad es muy urgente.  Ella toma el control de la situación. «Se han quedado sin vino, haz algo», le dice a Jesús. Pero, mujer, no es mi deber, y no quiero interferir en el trabajo de otra persona», responde Jesús, pero para María, ahora no hay lugar para compromisos o negociaciones. Les dice directamente a los sirvientes: «Hagan lo que El les diga».

En tercer lugar, todo indica que la familia del novio es pobre. Una comprensión analítica del evangelio revela, que la familia sólo podía hacer provisiones mínimas, y permitirse sólo el vino más barato o de menor calidad para la boda. Pero tenían un gran corazón. Se les acabó no sólo el vino, sino también la alegría. Se enfrentan a una situación de vergüenza y a un posible litigio de responsabilidad, porque las fiestas de boda en esos tiempos solían ser recíprocas, con obligaciones mutuas.

En cuarto lugar, los colaboradores en el proyecto del vino de Jesús no son los discípulos, ni los invitados; ni siquiera el mayordomo de la boda, sino los simples, pobres y ocupados sirvientes. Cuando Jesús les pide que llenen las tinajas de agua, bien podrían haber respondido: oye, mira, estamos ocupados con las tareas que nos han asignado. No es fácil llenar esas seis tinajas, que miden una enorme cantidad de agua de aproximadamente 750 litros.  Además, se supone que recibimos órdenes de nuestro jefe y no de usted. Pero ellos no dijeron eso. Colaboraron de buen grado con Jesús en la realización de esta maravilla. El conocimiento del misterio del agua que se convierte en vino sólo se les dio a estos simples sirvientes, y a nadie más, ni siquiera al novio, ni al mayordomo ni a los invitados.

Ahora hay abundancia de vino. Tal vez los discípulos se preparaban con recipientes para recoger el vino sobrante. Pero el impacto de este extraordinario acontecimiento los mantuvo atónitos. Aprendieron importantes lecciones sobre el origen de los dones, los beneficiarios y los colaboradores en el proyecto del vino de Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, nuestro fundador Arnoldo Janssen nos dejó el rico legado espiritual de confiar en la divina providencia.  No nos faltan recursos. Nunca nos faltará vino. Lo que quiero subrayar es que hemos sido bendecidos con una enorme cantidad de dones. Pero los aspectos cruciales de nuestros proyectos misioneros son: ¿quiénes son nuestros beneficiarios, ¿cuáles son sus necesidades y quiénes son nuestros colaboradores?  Que el Espíritu Santo les siga guiando en su discernimiento colectivo y en el proceso de toma de decisiones. Amén.