30 de enero

La misa de clausura del 15º Capítulo General, presidida por el Padre Paulus Budi Kleden, Superior General SVD, tuvo como motivo el agradecimiento de las experiencias vividas, la comunión intercultural expresada a través de los distintos trajes coloridos, gestos y procesiones, así como también la bendición del actual Equipo de Liderazgo Congregacional y el envío del nuevo Equipo que pronto asumirá su nueva misión.

En su homilía, el Padre Budi reflexionó sobre la segunda parte del tema del Capítulo, que es la misión que los miembros del mismo y todas las SSpS están llamadas a vivir,  y que refiere a las decisiones tomadas y las Direcciones Congregacionales aprobadas, las cuales tienen como centro transformar el mundo con compasión. La misa fue transmitida en directo y se puede acceder a ella a través del enlace: https://youtu.be/ja2LEfzUby8

Aquí publicamos el texto de la homilía en su totalidad. 

 

Homilía de la Eucaristía de Clausura del 15º  Capítulo General SSpS 

Inmersas en la vida de la Trinidad – Transformando el mundo con compasión

El domingo 16 de enero, durante el Día de la Familia Arnoldina, la Madre María Magdalena, Superiora General de las Siervas del Espíritu Santo de la Adoración Perpetua, compartió que uno de los puntos más bajos de su último Capítulo General del 2019 fue la clausura de este, especialmente cuando las Capitulares empezaron a despedirse unas de otras. Es posible que ustedes estén viviendo la misma experiencia. Será difícil dejar este lugar después de 17 días de estar inmersas en el espíritu y en el proceso del Capítulo, y de tener la experiencia de la transformación personal. Y, sin embargo, este Capítulo fue acerca de cómo inspirarlas a ustedes y a toda la Congregación a seguir sumergidas en la Vida de la Trinidad y a esforzarse a ser colaboradores de Dios en la transformación del mundo con compasión.

Inspirado por las lecturas de hoy, quiero concentrarme sobre varios aspectos en la segunda parte del tema del Capítulo: Transformar el mundo con compasión.

 

El primer aspecto se refiere al acto concreto de transformar. Transformar implica formar e informar, formación e información. Jesús en el Evangelio provoca a la gente diciendo: «Seguramente me citarás este proverbio: “Médico, cúrate a ti mismo”. El mundo, la gente del mundo, podría decirles: «Hermanas, transfórmense primero ustedes mismas antes de intentar transformarnos a nosotros». Por supuesto, no tenemos que esperar a estar plenamente transformadas para empezar a colaborar en la transformación del mundo. Sin embargo, nuestros serios esfuerzos por trabajar en nosotras mismas determinan en gran medida la credibilidad de nuestra misión de transformar el mundo.

Para ello, la formación es un elemento crucial. En la primera lectura, Dios se presenta como el formador que moldeó a Jeremías en el vientre de su madre y sigue formándolo, fortaleciéndolo para afrontar los desafíos. En la segunda lectura, San Pablo utiliza la imagen del progreso de un ser humano: «Cuando era niño, hablaba como un niño, pensaba como un niño, razonaba como un niño; cuando me hice adulto, dejé de lado las cosas de niño».

La formación nos ayuda a crecer como seres humanos, a profundizar en la espiritualidad y el carisma de la Congregación, y a capacitarnos para responder a los retos de la misión. La formación nos ayuda a ser responsables de nosotras mismas y de la Congregación, asumiendo la responsabilidad necesaria para la vida y la misión de la Congregación. Sí, necesitamos personas preparadas y dispuestas a asumir la carga si nos tomamos en serio nuestra colaboración para transformar el mundo con compasión.

La transformación también está relacionada con el flujo de información, con la comunicación. Una buena comunicación marca la diferencia en la vida de nuestras comunidades. La comunicación crea, sostiene y nutre a la comunidad. Es esencial encontrar la forma adecuada de compartir la riqueza de nuestra fe y la profundidad de nuestra herencia espiritual. En esta era digital de la comunicación, la forma en que nos presentamos al mundo es importante. En medio de las noticias falsas, tenemos que promover la verdad. Cuando tantos profetas difunden mensajes desalentadores, estamos llamadas a difundir la palabra de esperanza. Cuando muchos propagan el odio y la agresión, tenemos que hablar de paz y reconciliación.

 

El segundo aspecto tiene que ver con la compasión. Los cambios en la vida de una persona o en un grupo pueden introducirse mediante instrucciones o violencia. Pero la verdadera transformación sólo puede lograrse con la bondad o, en palabras de San Pablo hoy, con el amor. El amor es paciente, está dispuesto a pasar tiempo con los demás, no busca el interés propio, sino que se centra en el bien de los demás. La compasión no fija su atención en el lado oscuro de una persona, sino que trata de ver y promover lo que hay de bueno en ella.

Arnoldo Janssen escribió una vez a un superior de misión: «Un superior debe tener mucha paciencia, bondad, sabiduría y valor. Paciencia, para seguir siendo amable incluso cuando es insultado y molestado por los demás. Bondad, para pensar bien de los demás en cualquier circunstancia y hacer todo lo posible para amar a tu detractor y ganarlo de nuevo a tu lado. Sabiduría, para hablar o callar según las circunstancias. Valor, para mantener y defender los principios morales». La prudencia combinada con la modestia puede producir buenos resultados. La falta de estas puede irritar a la gente y bloquear los caminos en el futuro.

Este tipo de compasión necesita pasión. No hay compasión sin pasión, sin ser apasionado. La pasión es necesaria porque la realidad del mundo nos enfrenta a situaciones de objeción y odio, como las que experimentó Jesús en su ciudad natal, tal como se describe en el Evangelio de hoy. Si nos apasionamos por transformar el mundo, estaremos preparadas para afrontar los desafíos. Perseveráremos, estaremos dispuestas a hacer sacrificios y no nos rendiremos fácilmente. Nelson Mandela decía: «No hay pasión alguna en jugar pequeño, en conformarse con una vida que es menos de lo que somos capaces de vivir». La generación fundadora de nuestras congregaciones era gente apasionada, que no jugaba a lo pequeño. Al contrario, vivían su sueño misionero y trataban de sacar lo mejor de lo que Dios les había dado.

 

El tercer aspecto se refiere a la colaboración. Sólo en la colaboración con los demás podemos contribuir a la transformación del mundo. La auténtica colaboración se basa en el respeto, la confianza y la humildad. El respeto se refiere al reconocimiento de la dignidad, los talentos y los dones de los demás. La confianza significa la coherencia en la confianza depositada en los demás. La humildad nos recuerda que nadie lo tiene todo y nadie tiene nada.

San Pablo habla del amor que no es celoso y que no se alegra de los males. La colaboración suele estar en peligro por los celos, que suelen ser un virus entre religiosos y religiosas. Los celos nos harán triunfar sobre las maldades y los fracasos de los demás. Nos convertirá en personas expertas en difundir los chismes en lugar de promover la verdad. Los celos provocan la separación en lugar de la unidad, mientras que sólo con el espíritu de comunión podemos colaborar en la transformación del mundo.

 

Queridas hermanas,

Estamos inmersas en la Vida de la Trinidad, transformando el mundo con compasión. Inmersas en la Vida de la Trinidad, estamos capacitadas para ser formadas y transformadas, apasionadas en nuestra misión en colaboración con otros y otras.

Que el Dios Trino siga bendiciendo con las intercesiones de nuestros Santos Arnoldo y José, de las Beatas María Helena y Josefa, y de todos nuestros misioneros que han dedicado su vida a transformar el mundo con compasión.

Paulus Budi Kleden, SVD